Marisol creció en Lagos de Moreno, un lugar donde la vida se mide distinto. Entre familia, animales y campo, entendió desde muy pequeña que hay cosas que no se enseñan, se viven.
Su infancia tiene nombre propio: San Bernardo. Una hacienda familiar donde los días pasaban entre caballos, árboles y río. Ahí, sin darse cuenta, empezó todo.

A los 9 años llegó “La Mora”, su primera yegua. Ninguna de las dos sabía exactamente lo que hacía, pero entre paciencia y tiempo, Marisol descubrió algo más grande que el deporte: la conexión.
“Los caballos son un espejo de tus emociones… con ellos aprendí a conocerme.”
Desde entonces, el campo dejó de ser un lugar y se volvió una forma de estar. Una vida construida sobre valores que no cambian: empatía, respeto, responsabilidad y paciencia.
Su familia fue clave en ese camino. Le enseñaron que el rancho no es solo trabajo, también es encuentro. Que después de todo, la mayor recompensa puede ser algo tan simple como sentarse bajo un árbol y compartir el momento.
Hoy, sus días giran alrededor de Amapola y Bandido. Dos caballos, dos procesos, una misma enseñanza: disfrutar el tiempo, respetar el ritmo y entender que no todo se trata de llegar rápido.
Cuando monta, el mundo se detiene. El campo se vuelve refugio.

“Es un lugar seguro… donde puedo sentirme presente y disfrutar de cada momento.”
Para Marisol, México vive en esos espacios. En la gente que trabaja la tierra, en las tradiciones que se heredan y en la pasión que sostiene esta vida.
No es el camino más fácil, pero sí uno de los más nobles.
“Los caballos me enseñaron que existe la conexión sincera y la entrega sin palabras.”
Y quizá por eso, para quienes crecen así, el campo nunca se deja atrás. Se lleva dentro.