El lazo como lenguaje

El lazo como lenguaje

Hay hombres que hablan poco, pero dicen todo cuando montan.

Jano creció en Guadalajara, una ciudad donde el asfalto avanza rápido, pero donde todavía hay quienes crecen mirando hacia el campo. “Crecí en Guadalajara donde mi entorno siempre tuvo que ver con el rancho y los caballos”, recuerda. En su historia, el campo no fue una escapatoria: fue una herencia elegida.

El lazo llegó a su vida por su tío, uno de los pioneros de esta disciplina en Jalisco. Después vendrían los maestros: un amigo de Chihuahua, Jaime Anchondo, y más tarde Cruz de la Cruz, quien pulió su técnica. Pero lo que realmente lo formó no fue solo la enseñanza, sino el compromiso. Porque para Jano, lazar no es un espectáculo.

“Responsabilidad y constancia”, dice cuando se le pregunta qué significa más allá del deporte.

En el campo aprendió cosas que no se enseñan en ningún otro lugar: “La disciplina, compromiso y respeto hacia los animales”. Habla de sus caballos con cuidado, como quien habla de familia. Los elige por su comportamiento y por su salud, y cuando monta, lo primero que busca es que todo esté en su lugar y que el caballo se sienta cómodo. Antes de la destreza, está el respeto.

Ser lazador —dice— exige constancia, disciplina y persistencia. Pero lo que realmente separa a quien compite de quien vive esto es invisible para el público: meses de preparación, sacrificios silenciosos, renunciar a salidas con amigos, hacer lo que toca incluso cuando el cansancio pesa más que la voluntad.

Es entonces cuando el ruedo se vuelve un espacio íntimo.
“Adrenalina y emoción”, responde al recordar lo que siente al entrar.

Para Jano, representar a México en esta disciplina es un orgullo que crece con cada competencia, con cada lazador mexicano que cruza fronteras y demuestra que el campo también forma campeones. Y cuando habla del sombrero, su voz cambia de tono, como si hablara de algo que no se explica, sino que se porta.

“Orgullo, siento que es parte de mi esencia”. Porque el sombrero no es vestuario. Es pertenencia.

Jano cree que esta tradición merece crecer, que los niños deberían acercarse al campo, aprender el respeto por los animales y entender que esto se sostiene con amor y pasión. Quiere que las nuevas generaciones continúen lo que otros empezaron, no por nostalgia, sino por futuro.

“El campo me enseñó que tienes que tener respeto sobre la naturaleza y valorarla.”

Y cuando se le pide definir lazar en una sola frase, no habla de trofeos ni de fama.

“Es un deporte que me ayudó a formar mi carácter… es un estilo de vida.”

Quizá por eso, cuando lanza el lazo, no parece estar compitiendo contra alguien.
Parece estar conversando con algo más antiguo: la tierra, el oficio, la memoria.

Un lenguaje que no se aprende en libros,
solo entre polvo, cuero y paciencia.